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La obsesi贸n de los nombres
07.02.2011 | 12:06hs
Es notable como el debate pol铆tico prefiere inclinarse por lo dom茅stico. Es como que el protagonismo de los nombres, de los hombres, ocupara el centro de la escena y las ideas pasaran a aun absoluto segundo plano.
La sociedad parece preferir escudri帽ar en las vidas de los personajes de la pol铆tica, encontrar sus defectos, flaquezas y debilidades, para terminar ocup谩ndose de ello como si se tratara de una revista de la far谩ndula, de un programa televisivo de espect谩culos, de un reality contemoraneo.
En realidad, ser铆a bueno comprender que no nos gobiernan los pol铆ticos, sino sus ideas. Ellos son solo intermediarios circunstanciales en este juego de ejecutar las demandas de la comunidad. Es mas, si intent谩ramos ir un poco mas all谩, deber铆amos decir que mandan las ideas de la gente, de la sociedad toda, que luego son percibidas e interpretadas por el costado populista de la pol铆tica, ese que no respeta su propia visi贸n, sino que convierte deseos ajenos en principios para luego transformarlos en consignas partidarias.
Sin embargo existe una paranoica tendencia que hace enfocarnos en los pol铆ticos m谩s de la cuenta, por arriba de lo necesario. Y no es que no importe su comportamiento personal, sus patrones morales y hasta sus permanentes muestras de ausencia de valores, de principios abandonados frente a cada decisi贸n. Importan, pero no son m谩s trascendentes que sus ideas, que los paradigmas que sostienen su accionar, que ese c煤mulo de contradicciones que los trajo hasta el poder y que ejercitan a diario.
Muchas veces, se nos reclama a quienes hemos tomado la decisi贸n de expresar p煤blicamente lo que pensamos, que denunciemos hechos de corrupci贸n, que demos nombres y apellidos para desenmascarar a los peores, para que queden en evidencia, al descubierto, para que la sociedad sepa, deje de suponer y tenga mas precisiones, mas certezas.
En realidad aquel mecanismo es v谩lido, pero claramente insuficiente, y en buena medida solo act煤a como un mecanismo c贸mplice, funcional al sistema. Nos hace creer que el problema son os hombres, y nos distrae del objetivo principal. Cuando toda la atenci贸n se concentra en hechos puntuales, cuando todo el debate pol铆tico ronda lo anecd贸tico y lo superficial, se deja de lado lo importante, lo relevante, lo significativo.
La corrupci贸n no cae derrotada cuando los corruptos son individualizados, ni siquiera cuando se los encarcela, sino cuando se modifican las condiciones estructurales que la originan, que la posibilitan, que la hacen reiterativa y una de las pandemias de este tiempo. No se trata de detectar a ciertos seres humanos tomados en forma aislada. Ellos solo act煤an de acuerdo a sus pautas morales, pero fundamentalmente a un sistema que les permite, que los invita a diario, que los incentiva a cruzar la l铆nea. Los sistemas deben ser a prueba de corruptos, y no fr谩giles esquemas que caen f谩cil presa de cualquier improvisado con algunas pocas luces y menos convicciones.
Lo mismo ocurre con las decisiones de la pol铆tica. No se trata de gente m谩s o menos h谩bil, m谩s o menos talentosa, es m谩s simple, mucho m谩s simple. Se trata de ideas correctas, o de ausencia de ellas, de paradigmas adecuados o de par谩metros equivocados.
Las sociedades que evolucionan son las que eligieron los preceptos correctos, las que se rigen por una escala de valores apropiada y cuyos sistemas est谩n preparados para resistir a la peor cala帽a de individuos en el poder con mecanismos de contrapeso, con poderes limitados y con control ciudadano eficiente.
Habr谩 que dejar de enroscarse en esto de los nombres. Los seres humanos de modo individual somos circunstanciales en esta historia. No nos gobiernan personas, en todo caso ellas, le imprimen su impronta, alg煤n atributo adicional, cierto talento especial, inclusive lo peor de si mismas.
Pero a no confundirse, las decisiones pol铆ticas responden al sistema de ideas a las que adhiere la partidocracia, y las m谩s de las veces, a la demag贸gica forma con la que la pol铆tica prefiere interpretar la visi贸n de la comunidad.
A no caer en el juego que nos proponen los ingenuos y los picaros. Unos por prestarse a la simplificaci贸n manifiesta de atribuir las malas ideas a solo imperfectos ejecutores, y los otros por empujarnos al abismo de hacernos creer que no hemos elegido malas ideas sino solo inadecuados int茅rpretes para as铆 seguir insistiendo hasta el infinito en la b煤squeda ilimitada de talentosos, cuando en realidad se trata de seguir adorando consignas equivocadas.
Pese a la reiterada actitud de muchos, de hacer nombres, de ponerle apellidos a los dichos, habr谩 que decir que tal vez sea preferible no entrar en la din谩mica de evadir responsabilidades, de mirar a otro lado, de hacerse los distra铆dos indefinidamente.
Despu茅s de todo hacer nombres, denunciar culpables, se帽alar protagonistas cotidianos es tarea simple. Lo complejo es identificar las ideas err贸neas, y mucho mas aun animarse a cambiarlas por las correctas y pagar el necesario precio que cualquier decisi贸n responsable implica.
Por compulsiva que parezca la inercia que proponen muchos, tal vez sea tiempo de mirar lo importante, revisar nuestras ideas, las visiones propias y dejar de lado la tramposa man铆a, la candorosa obsesi贸n de concentrarnos en los nombres.