23/05/2024

Con un triplete de Colidio, River se lo dio vuelta a Instituto y está en cuartos

El equipo de Demichelis pasó el sufrimiento y ganó el partido clave. Lo del delantero, fenomenal: su mejor noche.



Demichelis es autor de una rapsodia. Ese género musical parece describir mejor al River del 2024, que en una misma partitura mezcla diferentes ritmos, distintos acordes que nada tienen que ver entre sí pero que fluyen por algo que únicamente los expertos en la materia conocen.

No hay un River u otro: es un todo. Es el que terminó celebrando el primer lugar en el grupo pisando los noventa y pico de minutos gracias al empate agónico de Barracas Central frente a Argentinos pero también el que por errores no forzados transitó eliminado 17 minutos y fracción. Paradójicamente, producto del triunfo de un rival (Vélez) al que le había metido cinco en su mejor recital de este inicio de gira de tres meses y medio de calendario.

River es así. Puede pasar de apuntarse con el rifle al empeine por salir jugando en una zona de peligro y con la presión rival encima (¿qué intentó hacer Villagra? ¿por qué nadie le advirtió que lo iban a atorar?) a liquidar con pases filosos y certeros a un rival desarmado.

River es el equipo ganador -goleador- que pasó de no hacer daño en los primeros 45 minutos aun teniendo la pelota casi el 70% del tiempo -y volcando casi toda la responsabilidad en el Diablito Echeverri- a, sin tanto dominio pero con criterio, transformarse en letal para da vuelta el partido y meterse, como si fuera un trámite, en cuartos de la Copa de la Liga Profesional.

River es todo eso al mismo tiempo y únicamente River se entiende a sí mismo. Coquetea patológicamente con el caos: lo atrae y le corre la cara. Y el propio Facundo Colidio encarnó todos esos rasgos casi como si se tratara de una alegoría de su equipo: el delantero pasó de fallar un gol en una posición invaluable para un ariete -el que hubiera significado un tranquilizador 1-1- a meter su hat-trick con un toquecito lujoso al segundo palo, sin ángulo y con exceso de talento, digno de un #9 elegante.

River es así. Y así gana. No siempre gusta. No luce con la regularidad que le gustaría a su deté. Mantiene lo que esquemáticamente funciona pero lo desarma de a ratos por su propia inconstancia. Y luego sale de su propio contexto, se redime con una facilidad inexplicable y le pasa liquid paper a lo que se le criticaba. Y gana, pues. Y se repone a los jab rivales, directos a la nariz, muchos de ellos nacidos por bajar su propia guardia. Estudiantes, Gimnasia, Central, Instituto... Una virtud, al menos en el plano doméstico, a la que debería evitar apelar fronteras afuera de la Argentina: en la Libertadores no habrá rivales tan permeables a perdonarlo...

Pero esa faceta tan camaleónica transforma en River en un equipo peligroso. Para sí mismo -le urge ganar en continuidad para no tener que apelar siempre a su capacidad de resiliencia- pero especialmente para los adversarios: no se lo puede dar por perdido. Por versatilidad. Porque en River sale el mejor central del país, Paulo Díaz, y entra un jovencito como Daniel Zabala que lo releva sin fisuras. Porque cuando el equilibrista Rodrigo Aliendro no logra darle balance a la alineación, ingresa Manuel Lanzini con una intensidad que no había mostrado antes de la lesión sufrida durante la pretemporada. Porque si el Diablito se ahoga, Barco entra queriendo recuperar su titularidad. Y entre todos reducen a ese Instituto que capitalizaba cada retroceso incómodo con contragolpes filosos a un cuadro sin ideas, con poca lucidez. Y le mete tres en un tiempo, casi como si se tratara de una ratificación de la opulencia de su variedad de alternativas.

Para ganar y meterse en cuartos desde la pole position, agitando el morbo de un Súper inminente. Un River que es un todo. Y a su ritmo, nada lo para.